Qué vamos aprendiendo

Durante los últimos cuatro años hemos ido construyendo dentro de nosotros una mirada hacia la infancia que no solamente está acorde con lo que necesitan los niños para poder desarrollar su potencial, sino que además nos pone en contacto a los adultos con aquellas partes de nosotros mismos que andaban en la sombra, facilitando re-iniciar procesos de desarrollo que quedaron bloqueados en algún momento de nuestra vida. Así, hemos podido sentir como se transforma la calidad de vida al entregarnos a una vida juntos, niños y adultos, cada uno creciendo allá donde le corresponde.

Más concretamente…

Hemos mantenido una atención constante para decidir en qué situaciones, y de qué manera, intervenimos en la experiencia de los niños.

Los niños se desarrollan por sí mismos de manera plena si los adultos cuidamos de ciertos detalles.

Y el mayor detalle que hemos descubierto que interfiere en su desarrollo es que los adultos volcamos un sin fin de patrones inconscientes que corresponden más a nuestro pasado que a la situación concreta en la que está inmerso un niño.

Cuando los adultos nos hacemos responsables de nuestros propios procesos personales y grupales (la pareja, el equipo pedagógico…) se hace más sencillo sostener el conjunto de límites que mantienen el entorno relajado. De tal manera que, cada vez que limitemos a un niño, sea un acto de amor, un acto de nutrir el vínculo con él, creando así una relación de confianza.

Desde esta autoridad-confiable, encontramos un equilibrio entre el mecanismo cultural que ejerce autoritarismo en forma de miedo, y el contracultural, que “deja hacer” todo a los niños, sufriendo éstos la ausencia de límites.

El papel de la naturaleza

La naturaleza nos ha acompañado desde los primeros momentos. Los bosques que nos rodean les han dado a nuestros niños miles de situaciones de aprendizaje para el desarrollo conjunto de su sensorialidad, motricidad y personalidad.

Cuando los niños llegan con carencias en estos aspectos, nos ha fascinado ver que no hay nada mejor que salir al monte a «hacer el cabra»: saltar acequias, escalar árboles, deslizarse por terreras empinadas, cazar insectos, hacer fuego, poner atención a las plantas tóxicas, correr por los prados, bañarse en los rios, cosechar flores, setas, yemas, piedras… Todo ello acompañado por la mirada y la presencia adulta, que reconoce los actos del niño y su crecimiento.

Para los que amamos profundamente la naturaleza, no hay más satisfacción que ver el interés y el placer natural que tiene un niño al vincularse con la inmensidad de posibilidades que ofrece un bosque.

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